Nací en un hogar lleno de amor. Soy la primer mujer de una familia de 5 hijos. Tengo dos hermanos mayores y dos hermanos menores.
Mi papá dice que cuando nací, mis ojos eran dos rayitas: -Por eso eres mi chinita del bosque- repite en cada oportunidad.
-Cuando llegaste a la familia, mi corazón se llenó de amor, eres mi primer niña… a la semana que naciste, Jesucristo llegó a mi corazón.-
Mi padre siempre ha sido un hombre trabajador. Un ejemplo de fe para mi vida. Cuando tenía seis años, papá me llevó a una habitación aparte. En ese tiempo, sólo recibía regalos en mi cumpleaños y navidad. Ese día no era ninguna fecha conmemorativa, sin embargo, papá tenía las manos detrás de él, y con una sonrisa me dijo: -te tengo una sorpresa- y llevando sus manos al frente, me mostró un regalo con un enorme moño.
Yo estaba asombrada, extendí mis brazos, y gustosa abrí el regalo. Era un libro de “puras letra”, cuyo título era “Dorita, la niña que nadie amaba”
La historia del libro cuenta la vida de Dorita, una niña que pasó por momentos muy difíciles desde pequeña. Su mamá la dejaba solita en el departamento, todo día, a cargo de su hermana Maruca. Dorita tenía solo cinco años, y le preparaba a su hermanita sándwiches de crema de cacahuate y mermelada. Un día su mamá las dejó en un orfanato, donde no recibió cariño ni buen trato. Dorita se sentía sola, triste y pensaba que nadie la quería.
A pesar de todo lo que sufrió, Dorita nunca dejó de buscar esperanza. Cuando tenía trece años conoció personas que le hablaron del amor de Dios. Poco a poco, ella comenzó a sentir que su vida tenía valor y que sí merecía ser amada.
Mientras leía esa novela, me conmoví mucho. a mi corta edad no sabía que existían lugares llamados: orfanatos. No sabía lo que significaba «familia de acogida».
El regalo inesperado de mi papá, me había traído al corazón un amor que nacía por aquellos niños que no tenían una familia para vivir.
En aquellos años yo era una niña muy sensible. Me gustaba cantar, leer, escribir y llorar. Lloraba de alegría, de tristeza, de ternura, de frustración… lloraba y mi carita se ponía roja roja, inflamada. Platicando con Dios encontraba consuelo a mi corazón, como Dorita.

Continuará…
Deja un comentario